Empecé a los catorce. No fue una decisión meditada: fue entrar en un salón y no querer salir.
Lo que quería era cortar, y tardé décadas en entender que eso era lo fácil. Entonces medía mi trabajo por lo limpio que quedaba la línea. Nadie me había explicado todavía que una línea perfecta en la cabeza equivocada sigue siendo un error.
Lo que quería era cortar, y eso era lo fácil.